COVID19: jaque al Rey

2020 está siendo una auténtica locura

El miedo reina en todo el mundo, las calles desiertas, las ciudades fantasmagóricas, la maldita distancia de seguridad que nos salva la vida, el oro ha cedido todo su valor al gel desinfectante de manos, el caos reina en el supermercado, los estantes de papel higiénico vacíos -con el significado oculto que hay tras de eso-…

No puedes visitar a tus padres o abuelos, no puedes abrazar, ni tocar a tus seres queridos, está prohibido el contacto humano.

Los besos son un peligro y en ausencia de ellos, hemos dado paso al miedo, a la incertidumbre y, en ocasiones, al pánico.

Hoy, más que nunca, vuelven a existir literal y físicamente, los límites fronterizos entre países, las fronteras están cerradas, el mundo encerrado, paralizado… Quién nos iba a decir esto, cuando hace cuatro días hablábamos de globalización… es de locos.

Nos hemos convertido en protagonistas de esas pelis o series de catástrofes naturales, de bioterrorismo, apocalípticas… La diferencia, es que cada uno de nosotros puede elegir qué personaje representa, si actúa como el miserable egoísta y traicionero, o como el bondadoso, enérgico y lleno de positividad que confía en la ciencia y la medicina, que confía en las bondades del ser humano, que ayuda al vecino, que se prepara en casa para salir a la calle fortalecido y habiendo aprendido una valiosa lección de esta tremenda pesadilla que vivimos, en la que más de un millón de personas se han infectado del virus y, desgraciadamente, se han quedado por el camino miles de personas en todo el mundo.

Vaya mi respeto y cariño hacia todas esas familias rotas por el dolor.

Pero los balcones están llenos, los aplausos retumban en esas calles desiertas, la solidaridad se muestra como algunos no hemos visto jamás en nuestra vida, la creatividad y la energía del buen humor, de la música y de la cultura, ha renacido de repente.

Porque tenemos la capacidad de adaptación y aprendizaje; de cambiar nuestro comportamiento cuando cambia la situación, para adecuarnos a esas nuevas circunstancias y superar la crisis, saliendo reforzados de ella.

Sin duda, estamos presenciando en primera persona cómo se acaba de abrir un nuevo camino, un nuevo paradigma cultural, económico y social en nuestro mundo, ese mundo que conocíamos y que hoy da paso a uno diferente -trabajemos para que sea mejor-.

Y este cambio ha surgido de la necesidad, pero ha venido para quedarse.

Nos hemos vuelto más digitales, nuestro trabajo se produce en casa, rodeados del perro o los niños, en pantuflas y, probablemente, vestidos solo de cintura para arriba. Los papeles en nuestras mesas de trabajo, se han cambiado por documentos en formato electrónico, la decoración de nuestros despachos ha pasado a ser la vitrina del salón o una esquina en la cocina. De un plumazo, este virus ha cambiado de forma tajante nuestra forma de comunicación, pues han desaparecido completamente los componentes biológicos que nos unen como especie humana.

 

Conectar, hoy más que nunca, se hace indispensable, porque somos animales sociales y necesitamos ese abrazo que no nos damos y que tanto anhelamos todos, deseando dejar ir en cuanto todo esto haya pasado, cuando volvamos a una “normalidad” que, probablemente ya nunca será igual de “normal”.

Hemos sustituido la comunicación no verbal, los gestos, las emociones representadas en la expresión, en nuestras manos; por los datos móviles y la WiFi. Nuestra forma de influir y conectar con los demás acaba de cambiar rotundamente; de momento, durante estos meses de confinamiento y, en adelante, es muy posible que sustituya en gran medida a las formas en que se sucedían -antes de- las reuniones, los negocios, las relaciones de equipo o relaciones institucionales y corporativas.

Así que, haciendo uso de nuestra capacidad de adaptación, hemos de reforzar la comunicación, hoy más que nunca, en su frecuencia y en su calidad.

Hemos de ser catalizadores de este cambio para salir reforzados de esta crisis, convertirla en una oportunidad para continuar haciendo equipo en nuestro ámbito profesional, y piña en nuestro ámbito familiar y personal.

Los que me conocéis y los que me leéis, ya sabéis que siempre hablo/escribo sobre protocolo, porque soy una convencida de que está implícito en nuestras vidas, en todos los ámbitos, aunque de diferente manera.

Y el protocolo en nuestro país -me refiero al luto oficial de la bandera– está viviendo una España dividida en dos, sin un criterio unificado por parte de los profesionales del sector y, desde luego, por parte de nuestros representantes públicos, quienes están al mando de nuestras Instituciones.

Soy partidaria de la discrepancia, del diálogo entre polos opuestos, del debate enriquecedor y del pensamiento crítico que pretende construir y no destruir.

¿Qué sería del ser humano sin el pensamiento crítico, sin la curiosidad o la discrepancia? Son las bases de la ciencia.

Pero en este caso, soy partidaria de la unidad, de unificar criterios, de ir todos a una absolutamente, porque así es como sale el pueblo a su balcón, todos a una. Sin importar qué ideología tiene su vecino, o el bombero, la policía, la doctora, el camionero, la reponedora o el cajero del supermercado… Y así es como deberíamos salir “al balcón” unidos, los profesionales del protocolo, de quienes parten las propuestas de actuación -algunos serán más oídos y otros menos- y los representantes públicos, quienes tienen en su mano la decisión final.

La bandera de España está regulada por una Ley que, como todas, es de obligado cumplimiento. Decía mi querido maestro Fernando Fernández en la reunión virtual con más de 200 profesionales del protocolo liderada por Carlos Fuente y Gloria Campos -en la que tuve el gusto y el honor de participar-; que al igual que se ha de cumplir la prohibición de fumar en los bares porque lo establece una ley, se ha de cumplir también el hecho de que ninguna institución tiene potestad sobre la bandera nacional, salvo el Gobierno de España, así lo establece su ley.

Y eso significa que, si un Ayuntamiento decreta el luto oficial, se aplicará solo en su ámbito de actuación, que está marcado por el territorio. Debería pues, disponer a media asta la bandera de su municipio, pero no la de la comunidad autónoma, provincia o país, si estas no han sido decretadas en luto por las autoridades competentes. De modo que, la forma en que deberían estar las demás banderas, es en lo alto del mástil, pero replegadas en él para que no ondeen con el viento.

Por cierto, que bonita me parece la imagen la de nuestras banderas ondeando al viento, libres y orgullosas, como felices bailarinas.

Volverá esa imagen acompañando a ese sentimiento.

El luto es un sentir del pueblo, una expresión de tristeza y homenaje a los caídos. ¿Significa esto que, si un municipio ha decretado el luto y España aún no, es que España no llora la gran pérdida humana que, desgraciadamente, vemos cada día? y lo que te rondaré morena… que aún no hemos ganado esta batalla.

Definitivamente NO. Significa que no hay un consenso entre la idea de hacer luto oficial durante la pandemia porque son muchos ya los fallecidos, o esa otra opinión, la de luchar contra ella enérgicamente y después, cuando todo haya terminado, llorar la pérdida dedicando un tiempo de homenaje, de reflexión, de recogimiento por las víctimas y por tanto, de luto de todo un pueblo unido, de luto oficial, banderas incluidas.

Personalmente, creo que es momento de sacar energías aún de donde ya flaquean, de luchar fuertes, unidos y decididos, de trabajar duro y esforzarse para no darle ni una pizca de respiro a este bicho que un día pensó que podría con nosotros.

Y me uno a la opinión de otro querido amigo y compañero, Juan de Dios Orozco, cuando habla de las “manifestaciones solidarias de dolor”, que son muy diferentes a la manifestación del luto oficial de nuestros símbolos. No poner la bandera a media asta todavía, no significa que no haya en las Instituciones el sentimiento terrible de la pérdida y el dolor de tantas familias, pero hemos de distinguir entre los símbolos oficiales -que vienen definidos por la ley- y los gestos institucionales, que forman parte implícita en el cargo de nuestros representantes públicos.

O como bien dice Juan de Dios, de las “manifestaciones solidarias de dolor”, que no es lo mismo que las de los símbolos oficiales. Aquí te dejo su último post en relación al tema.

Ciertamente, no estamos trasladando un mensaje muy positivo a quienes tienen familiares en la UCI y que en este momento bien poco les importa como luce la bandera; pues lo que necesitan son gestos humanos; del mismo modo que si nuestro padre está gravemente enfermo, no nos vestimos de luto mientras él lucha por vivir.

Ninguno de nosotros había vivido jamás nada igual, todos somos novatos en la gestión de esta crisis sanitaria mundial, así que todos vamos actuando como mejor sabemos, intentando adelantarnos a las circunstancias y luchando como mejor sabemos, con este pequeño y tirano enemigo invisible que nos ha puesto en jaque.

Seamos coherentes, utilicemos la razón, la ley, las normas y los sentimientos. Esa mezcla nunca puede fallar. Porque el pueblo en sus balcones, de momento, le gana por goleada a las Instituciones, cuando suena un aplauso unánime y rotundo, en el que poco importan los factores políticos, pues la prioridad se centra ahora en la vida, la supervivencia, la lucha, la solidaridad de todo un pueblo, el esfuerzo y la energía para ganar esta batalla.

Recuerden que en nuestras manos está siempre la clave, de momento en la higiene de las mismas y, enseguida, de la acción que estas tomen.

Un jaque al Rey, no implica un jaque mate.

Hay mucho por hacer, pero también mucho por lo que luchar y que bien merece nuestros esfuerzos.

Volverán los besos. Cuídense mucho, amigos

Abrazos virtuales e inofensivos

 

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