El fondo y la forma en Comunicación: ¿cueces o enriqueces?

Si, ya sé que no es lo mismo la sopa de mamá, que la sopicrem, ya sea la Gallina de tal o cual color…

Lo mismo que no es igual hablar que comunicarse, porque hablar, lo que se dice hablar, hablan hasta los papagayos, y no necesariamente con mucho fondo, ni forma.

Por no mencionar los elocuentes diálogos de besugos

Con este pensamiento comenzamos este post dedicado a la gran dama de las relaciones, la guapa que marca todas las diferencias, la que se presenta con sus mejores galas o vestida de trapillo, pero que nunca deja indiferente a nadie:

la comunicación

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero una imagen vale lo que vale, y mil palabras pueden trasladar un universo de ideas o emociones, según hayamos escogido entre la infinidad de opciones maravillosas que nos ofrece la lengua de Cervantes; o bien, pueden ser mil piezas de un puzzle llamado falacia, e incluso nesciencia.

Por cierto, ¿sabías que Cervantes utilizó un total de 381.104 palabras en su libro Don Quijote de la Mancha, de las que 22.939 eran palabras distintas?

Y no sólo importan las palabras escogidas para transmitir un mensaje, sino, además, cómo se nutren o no, de la entonación apropiada para transmitir un sentimiento o emoción de forma acertada o errónea. Porque no es lo mismo ladrar que cantar, y del mismo modo, no suenan en nuestro interlocutor de la misma forma unas palabras bajo una entonación amable, cercana o tranquila; que nerviosa, chillona, aguda…

La serenidad, la confianza en uno mismo, la veracidad del mensaje, la cercanía al transmitirlo o nuestro lenguaje no verbal que, queramos o no queramos, nos guste o no, lo dominemos o no; está transmitiendo información continuamente.

No hace falta mediar palabra para comunicar un mensaje, solo con nuestra presencia, a través de nuestra imagen, nuestros gestos, la forma de caminar o sentarnos. En definitiva, la forma en que nos presentamos ante el mundo habla por sí sola de quiénes somos, antes de que abramos siquiera la boca.

El lenguaje no verbal es como la respiración, el hecho de que no seas consciente de ella, no implica que deje de trabajar.

Si le preguntamos a personas diferentes cuáles son las cosas que desea en la vida, probablemente, alguna escriba tres renglones y otra, cuatro folios, aunque resumiendo, ambas quieran lo mismo. Porque personas diferentes pueden expresar lo mismo de infinidad de formas diferentes, tantas como personalidades hay.

Quizá tengas algo muy importante e interesante que contar, pero si no lo haces de la manera adecuada, puede que tu mensaje no llegue a quienes has de llegar, o no interese a nadie, especialmente en el ámbito corporativo, donde la comunicación es el vehículo para persuadir a tu público objetivo, para influenciarles hacia esta u otra idea, o producto.

Y volviendo al título de este post, el fondo es lo que decimos y la forma es cómo lo decimos.

Antes de poner en sintonía el fondo y la forma, hemos de conectar el cerebro a la lengua, para que ambos compaginen bien con las orejas. Es un ejercicio muy recomendable y si lo practicásemos más a menudo, quizá el mundo sería diferente.

El fondo y la forma son a la comunicación como la cabeza al sombrero, uno no tiene sentido sin la otra

Y es que la habilidad o maestría para expresar una idea, cobra el mismo o incluso más importancia que la propia idea en sí.

La forma en que contamos una anécdota o una historia, depende de cómo la sentimos, porque a las palabras que salen por nuestra boca, le añadimos la entonación y las expresiones no verbales que aportamos desde nuestras emociones, sensaciones, personalidad… Y en todo eso influye cómo nos sentimos personalmente en ese mismo instante y cómo nos sentimos con respecto a nuestro interlocutor.

Luego están esas palabras que no dicen nada, o esa ausencia de aquellas palabras que lo han de decir todo -tanto monta…-

Y cuidado con ese inminente peligro que nos han traído a modo de daño colateral, las tecnologías de la era de la comunicación y la información. Una sobre dosis de información a un ritmo vertiginoso, donde aún no hemos digerido una tragedia, cuando ya nos bombardean otras nuevas, múltiples y diversas noticias. Esa forma de comunicación rápida y veloz, en la que vamos sustituyendo las palabras por emoticonos porque lo que prevalece es abreviar.

Recortamos las palabras cayendo en las fauces de la tiranía de los 140 caracteres, porque lo que prima es la levedad. La insoportable levedad de “tuiter”, que no llega a ser tan insoportable como aquella levedad del ser de esa peli de los 80’s que, por cierto, recuerdo haber visto en la primera fila del cine Madrigal  -cuello roto en ristre-.

Y el premio es…  ¡para quien diga más cosas con menos palabras!

Y no es que la síntesis sea como el diablo, que hablando de pelis, aunque vista de Prada… porque lo bueno si breve, dos veces bueno. Pero es que una cosa es sintetizar o abreviar en el discurso, y otra, que palabras como gentileza, cortesía, menoscabo, faltriquera, jofaina, manferlán, saya, azulete, cerúleo, zahúrda, algarabía, escribano o zagal, – entre otras muchas en peligro de extinción-, vayan desapareciendo ante nuestras narices.

Es de suponer que se van desvaneciendo del Castellano por la falta de uso que hacemos de ellas, lo triste es que sea para el deslustre de nuestra lengua de Cervantes y, en ocasiones, de nuestra propia identidad o forma de ser –me refiero al caso de gentileza o cortesía, ya que si desaparecen es por dar nombre a una actitud muy del pasado-. Lo que me hace pensar en las palabras: empobrecimiento, perjuicio, menoscabo y deterioro.

Si nuestra forma de comunicar es vulgar, corriente, esteriotipada o mediocre, nos quedaremos a la altura de la primera rebanada del pan Bimbo, que todo el mundo la deja para cuando no queda otra.

Hagamos que nos elijan en primer término, dominemos a la gran dama mediante técnicas y habilidad, que hablar contigo sea un placer, que la magia de la tertulia se haga en tu vida. Pienso en aquellos cafés, punto de encuentro de largas charlas y coloquios literarios en el Madrid de finales del Siglo XIX y principios del S. XX, exquisitos centros neurálgicos de la cultura y la literatura. Lástima que no hablasen aquellas paredes, testigos de tantas y tantas palabras pronunciadas por los grandes e ilustres contertulios de la época.

Así que aquello que aprendimos en “parvularios de comunicación” donde se nos enseñaron los elementos de la comunicación: emisor, receptor, código, mensaje, canal de comunicación, ruido y retroalimentación; me resulta hoy, que es demasiado resumir.

No subestimemos la sabiduría del silencio. Si no tienes nada que decir, no digas nada. O como diría el gran Manolo García

si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir

Para tener buena filis y presumir de regolaje, cuidemos lo que decimos y en especial, cómo lo decimos. No andemos albanados, pues seremos bienquistos por todos, cuando nuestra comunicación sea amable, afable, atenta, afectuosa, tratable, sociable, sencilla y agradable, no vaya a ser que nos metamos en “camisa de once varas” y causemos una tronería.

Aunque podríamos resumirlo en la idea: habla como te gustaría escuchar. Así de simple

La palabra es irreversible, esa es su fatalidad. Roland Barthes

Gracias por vuestro tiempo de lectura. Os invito a comentar vuestra opinión.

¡Nos leemos pronto!

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